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domingo, 28 de junio de 2020

BATMAN, 1989. EL AÑO DEL MURCIÉLAGO.


Esta semana se ha cumplido el aniversario del estreno del primer Batman de Tim Burton, película fundacional en muchos aspectos y en todas las escalas. El mismo día se anunció que Michael Keaton podría retomar el papel en la próxima película de Flash, a la vez que moría Joel Shumacher, destrozador de la franquicia que disparara Burton. Extraña Bat-semana, que culminamos aquí con una celebración personal de la primera piedra del superhéroe fílmico oscuro moderno. De vuelta a 1989...
A la hora de pensar en solo UNA película que me marcara, la tarea parecía imposible. Aquellas tardes de infancia junto a los Hermanos Marx, Tarzán o Indiana Jones se fusionaban en noches llenas de clásicos de Hitchcook o Terence Fisher. ¿Y que hay de mis películas favoritas de entonces –que siguen siéndolo hoy en día: “Jesucristo Superstar”, “La Vida Privada de Sherlock Holmes”, “Conan El Bárbaro” “El Padrino”, “La Huella”, “Excalibur”, “La Edad de la Inocencia”, “Superman”, “La Noche de los Muertos Vivientes”, “El Viaje Fantástico de Simbad”, “Los Caballeros de la Mesa Cuadrada”, “La Máscara del Demonio”…? A mi no es que hubiera una película que me marcara, ¡Sino millones que me acribillaron! Pero tras unos minutos de reflexión, la respuesta era clarísima. Creo que no ha habido una película que me marcara tanto como el primer “Batman” de Tim Burton. Y creo que esto es así porque para mi fue el primer film que me abrió las puertas a la cultura popular en todas sus vertientes y que me demostró que había algo más que ficción dentro de tantas y tantas manifestaciones artísticas, las cuales yo antes quizás consumía con la típica expectación aburrida del infante. En ese momento de la vida en el que somos los amos del mundo y el resto de la humanidad solo tiene que facturar artificios para entretenernos, sin aspavientos ni pasiones exageradas. Y sin embargo…
Ocurrió lo siguiente. Tenía yo 10 años y mi hermano mayor me dio la noticia de que estaba a punto de estrenarse una película de Batman, y que la iba a dirigir el mismo director de “Bitelchus”, la cual me había encantado. ¡¡Batman!! Inmediatamente me entró el gusanillo nerd de la anticipación –años antes de saber lo que era eso. Yo tenía un comic de ese personaje en casa (un episodio de la saga de Ra´s Al Ghul, guionizado por Denny O´Neil (D.E.P), en el que el héroe oscuro se enfrentaba a la femme fatale Talia y lidiaba con un cerebro vivo atrapado en un cristal) y lo bueno que tenía Batman es que era una mezcla de dos de mis personajes favoritos: El Zorro y Sherlock Holmes. Dos iconos que apelan a los más primarios instintos del niño en edad de crecimiento, y que mezclados en un solo personaje –superheroico, para más inri. Yo, como tantos otros, también era fan de Superman, suponía un cruce de cables tan eléctrico que sigue generando chispas a más de 80 años de su creación. Y creo que poco después de aquella conversación con mi hermano, vimos los avances en un cine de la ciudad. Aquel símbolo en negro y amarillo en el que más de uno vió una boca abierta con sus dientes (yo incluido, al principio). Y Jack Nicholson, que parecía que interpretaba a un payaso maligno. Y un Batman hiper-moderno que parecía ser mucho más negro y oscuro que en el tebeo que había leído. Y luego me enteré de que era Michael Keaton el que se escondía bajo el traje, lo cual fue una sorpresa mayúscula que creó en mi cerebro una polémica inconsciente parecida a la que se estaba dando en los medios por aquel entonces: “¿El tipo ese bajito y gordiflón que hacía de Bitelchus ahora era Batman?”. Misteriosos spots llenos de planos a oscuras y que no contaban demasiado de la trama (que tiempos aquellos de la era pre-internet) acabaron por engordar mis expectativas. Por cierto que se estrenó en España un 29 de septiembre, día de mi santo.
Hablar de cuanto me gustó la película también sería superfluo. Estaba claro que a mis impresionables 10 años repletos de cultura proto-pulp aquel festival de acción, comedia, drama, terror, comic, suspense, y superhéroes estaba destinado a dinamitar mis esquemas como aficionado al cine de un modo que, viéndolo en perspectiva, resultó más demoledor de lo que me pareció entonces. Ok, a ver. Teníamos a Jack Nicholson haciendo de uno de  los mejores villanos de la historia, a una Kim Bassinger que apeló a mis más precoces –y bajos- instintos y a un Michael Keaton que derrochaba carisma y cumplía (por mucho que digan algunos). Pero es que además esa atmósfera de cuento gótico y tenebrismo decadente, con esas fascistoides estatuas y esa niebla surgiendo de las alcantarillas, me resultaron inéditas en una trama que tenía como protagonista a un héroe salido de las viñetas. No era luminoso como Superman, ni simpático como El Zorro. Era taciturno y violento, reflexivo e intimidador, cerebral y visceral. Y sobre todo humano. Por mucho que me encantaran las películas de Tarzan de Johnny Weissmuller, aquel héroe –por llamarlo de alguna forma- apelaba mucho más a mis anhelos de emociones fuertes. Un Joker divertido y encantador a la par que psicopático y horrendo. Muertes cada dos escenas. Ácido sulfúrico, explosiones, peleas de artes marciales y una frase: “Soy Batman”, que hizo que se me cayeran los pantalones al suelo. Y aunque los años me han dado más perspectiva sobre los fallos de esta película tanto a nivel cinematográfico (agujeros de guión garrafales, falta de cohesión narrativa, lentitud argumental…), como de adaptación comiquera (el hecho de Keaton sigue sin ser un Batman perfecto pese a sus esfuerzos o ese turbio asunto del asesinato de los padres de Bruce Wayne), a pesar de todo esto sigo pensando que el film capta bastante de la esencia del personaje –desde luego mucho más que esas repugnancias rodadas por Joel Shumacher (D.E.P) poco después, y por supuesto es una estupenda puerta abierta para neófitos a todos esos 70 y pico años de historia viñetera.
 
Resultaría superfluo a estas alturas volver a hablar de la importancia de esta película a nivel cinematográfico y de evento, dado que además este texto va de algo profundamente personal. Pero es inevitable recordar que la euforia batmaniaca que se instaló en el inconsciente colectivo fue gloriosa. En este verano de 1989 (y en al menos un año más, por no decir que los ecos siguen permeando en la actualidad) no había forma de cruzar una esquina, leer una revista o mirar la tele sin que apareciera el sempiterno logo amarillo en algún momento. Hasta entonces las películas de superhéroes eran casi todas basura condescendiente para niños y adultos con el deseo de reírse de sus pecados de juventud, con la única excepción del Superman de Richard Donner. “Batman” cambió las reglas prácticamente desde su concepción, y aunque todo el mérito es de Tim Burton, del diseñador Anton Furst, de los actores, etc… es bonito recordar que el producto final fue la consecuencia de un único sueño de juventud del productor Michael Uslan, el hombre que sintió que los Zap, Booms y Pows de la serie de Adam West eran un insulto a la memoria de un personaje oscuro, detectivesco y misterioso; y que movió cielo y tierra hasta que esa concepción bufa del murciélago fuera casi erradicada. Por supuesto sin este game changer de celuloide no tendría hoy el cine de superhéroes la consideración que tiene ni la mitad de taquilla, y obviamente a día de hoy una película de Batman es una inversión casi segura gracias exclusivamente a este film. Además, la Batmania de los 60 de la serie de TV acabó muriendo, mientras que la Batmanía que comenzaron Burton y Keaton no parece desfallecer jamás (hasta el punto de que parecemos haber olvidado que todo ha salido de aquí), trayéndonos más tebeos, más comics, más videojuegos, más merchandising, en un volumen que el cruzado con capa de West –pese a todo su valor icónico jamás hubiera alcanzado. Y creo que eso es debido a que mientras que el Batman de la serie hizo historia creando “su” Batman, la visión más fiel a las raíces de Burton transmutó al personaje definitivamente en lo que siempre ha sido y será: un icono reconocible a la altura de Holmes, Drácula y demás mitos de la cultura popular.
Imagen de la adaptación al comic obra de Denny O´Neill y Gerry Conway. O´Neill también nos dejó recientemente, culminando una vida dedicada a engrandecer al personaje en el plano autoral y editorial.
Aunque en mi caso, y quizás sea esta la razón última y máxima por la que considero a “Batman” la película que más me marcó, no solo me abrió las puertas a unos tebeos estupendos sino también, como ya anticipé al principio, a toda una nueva forma de entretenimiento. El personaje estaba viviendo una edad de oro de sus publicaciones en castellano gracias a Ediciones Zinco, con fieles versiones del "Dark Knight" de Miller, el Batman de Grant/Breyfogle, etc... y los tomos de "Las Mejores Historias..." donde aprendí a amar los tebeos de la edad de Oro, Plata y Bronce, tanto como los actuales (hoy en día bastante más). Aparte recuerdo ver la publicidad en una publicación que no recuerdo, que anunciaba una revista llamada “Fotogramas” y en uno de los recuadros arriba del todo, en la cubierta, había una foto de la película de mis amores. ¡Amazing! Tenía que conseguir esa revista, a pesar de que esa mini-foto no auguraba un artículo demasiado extenso en el interior –la portada principal era para Mel Gibson. De hecho fue “Arma Letal 2” la que consiguió desbancar al murciélago del número 1 ese verano, cuando llevaba ya recaudadas cifras históricas, pero aun así conseguí la revista. Y surgió la oportunidad de que al mes siguiente la consiguiera otra vez, aunque ya no había referencias a Batman. Y también al mes siguiente. Y al otro. Y al otro… Y de tantas visitas al kiosco, reparé en otros comics aparte de los de Batman que tampoco tenían mala pinta, y en otras revistas de cine aparte de “Fotogramas” que parecían dedicarse incluso más al género fantástico, el cual era el que más consumía. “Fantastic Magazine”, “Imágenes”, “Star Fiction”, “Comic Scene” (pena que casi todas desaparecieron). Todos los meses las devoraba una y otra vez, y tengo claro que este interés por el cine me vino de aquella película, cuyo VHS pirateado que poseía como si de oro se tratase, estaba a esas alturas quemadísimo del exceso de uso. Menos mal que llegó el VHS en original para comprar y su pase por el Canal +, para grabarla y regrabarla. Precisamente este canal a veces emitía los films en versión original subtitulada, y un día dije: “Oye, las películas dobladas son las que molan pero, ya que es Batman, ¿Por qué no pruebo a verla en inglés?”. Nuevo acto pionero debido al murciélago de Burton y nueva obsesión a implantarse de por vida: a día de hoy solo veo las pelis dobladas si es que no tengo más remedio.

Un par de años después llegó “Batman Vuelve” que me gustó incluso más, pero su valor como marcador de eventos en el desarrollo de una personalidad ya fue menos impactante debido a que con 12 años ya estaba pillado con tantas cosas que me resultaba difícil abarcarlo todo. Igual que ahora, vaya. Creo que si miró atrás y me comparo con el presente, esa chispa que prendió esta por lo demás muy buena película (con sus fallos incluidos) ha dejado tanta huella que me resulta difícil encontrar mucha diferencia entre mis emociones de entonces y las que tengo ahora. Por eso creo que esta película es, en efecto, la que más me ha marcado de todas. Y seguro que lo sigo pensando la próxima vez que la vea de nuevo: que será la número 200.000 o casi.

sábado, 30 de mayo de 2020

HORROR, 40 (Ediciones Zinco. Noviembre, 1984)


Continúa la colección “Horror”, clásico del fumetti editado en nuestras latitudes, con la estructura habitual. A saber, una nueva aventura del serial de Sepulkra, la resucitada cuya entrepierna provoca descargas eléctricas y la muerte inmediata a todo el que intente acceder a ella; y dos historias cortas autoconclusivas. Como siempre estas dos últimas son de época, normalmente suelen pasearnos por entre los siglos XVIII y XIX, pero siempre hay incursiones medievales y hasta prehistóricas. No fallan malos rollos entre familiares, cuernos, señoritas que se quedan sin ropa y sin vida casi a la misma vez y algún que otro ser deforme practicando onanismo. En esta grapa tenemos una historia de supuesta venganza de ultratumba y un retablo sobre un anillo maldito que nos lleva desde el reino de Salomón hasta el de Maria Antonieta. Pero por partes…

En “El Espectro” tenemos a un ricachón en silla de ruedas incapaz de dar placer a su neumática y rubísima esposa. Ella jura fidelidad, pero él, al más puro estilo “Lady Chatterley” la anima a irse con otro semental más capaz. Ella consigue encontrar un médico de gran fama que dice poseer un método aun experimental pero de grandes resultados para devolverle las piernas al inválido. La gracia de todo esto reside en que el médico es joven y de buen ver (la esposa expresará su desconcierto, al esperar un señoro más talludito, pero él replicará que las apariencias engañan y que, de hecho: “soy candidato al Nobel” ), y la ama de llaves del señor de la silla de ruedas, secretamente enamorada del mismo, sospechará algo raro desde el principio... pero con la genialidad de que en realidad no había plan maligno alguno. El médico es un buenorro, de acuerdo, y su tratamiento es a base de dosis de cianuro, lo cual da que pensar. Pero todo empieza inocentemente y con la mejor de las intenciones, a pesar de los malos augurios de la ama de llaves. Solo que al final… lo que había pensado, ocurre. Médico y rubia se descocan y deciden pasarse una mijilla con el cianuro para cargarse al caballero ricachón y quedarse con casa y castillo. Lástima que la herencia hace mención a un cofre en el que se encuentran las perras y necesiten una sesión de espiritismo para encontrarla. Lo cual desatará apariciones fantasmales, sustos de cadáveres en bañeras, arrancamiento de ojos y otras yerbas. Al final muere hasta el apuntador.
Sesiones espiritistas que acaban saliéndose de madre
En la historia de Sepulkra asistimos al climax de su enfrentamiento con un apuesto caballero aficionado a llevarse a sus conquistas a la alcoba, lugar en el que, con o sin fornicio, se transforma en hombre lobo y desmiembra alegremente a la infortunada que le haya tocado. Obviamente da con la horna de su zapato al intentar ligarse a nuestra resucitada protagonista, así que vemos un duelo de saltos, cimbreos y esquivamientos entre hombre lobo y resucitada en pelotas que ni los de Chaney/Lugosi en “El Hombre Lobo Vs. Frankenstein”. Al final, como ocurre siempre, la lujuria salva el día, y el licántropo sucumbirá ante la idea de introducir su peludez entre las mortales piernas de Sepulkra, con el eléctrico, fogoso y mortal resultado. Para los que somos fans del mismo, tenemos al final una aparición del mítico “jorobado lúbrico”, enamorado de la resucitada.
La perdición del chucho será hacer caso a Sepulkra
Como anunciábamos en la intro, “El Anillo de Salomón” nos habla de la curiosa maldición que va de época en época de la joya del título. Comenzando en la antigüedad, con Salomón beneficiándose a la Reina de Saba gracias a los extraños poderes del anillo. Cual enrevesado y absurdo filtro de amor, te colocas el anillo y un espectro lujurioso aparece y te sexualiza a niveles nunca experimentados. Pero el genio del anillo te deja a las puertas del placer supremo y te informa de que si quieres sentir ese cosquilleo sexy de nuevo, tienes que buscar a la persona que te dio el anillo para darte lo tuyo. Así vemos al bíblico Salomon cabalgando a la Reina, pero habrá consecuencias. Igual que siglos después, en plena Francia pre-revolucionaria, cuando una cortesana usará los poderes del anillo para poseer a la mismísima reina Maria Antonieta. Lástima que le puede el rencor y querrá dominarla por el lado sado y disciplinario del asunto, con arrodillamientos, fustas y otros pasotes casquivanos, que provocarán que la reina se sulfure. Nobleza obliga. Total, para acabar en la guillotina, como es de ley. Aunque todos los demás también palman. Como era norma en estas historias, el desenlace se resume en escabechina, fuego y cabezas rodando. La vida misma, vaya. 
Al principio el juego tiene su aquel, pero cuando llegamos a los latigazos...
En resumen, la portada maravillosa, los guiones desopilantes –a veces piensa uno qué habría hecho con estas historias de detalles tan graciosos, y a veces sorprendentes, alguien que supiera escribir- y los dibujos entre lo entrañable y lo mediocre, como corresponde. Puro tebeo erótico italiano.