El comienzo de esta
novela del señor Ledesma, de la
época en que los bolsis aun tenían unas 130 páginas (¡Ñam!), es arrebatador
como pocos. De hecho se hace carambola con tres situaciones en medio de las
cuales acaba entrometido el mismo personaje, un detective recto y sensible de
los de antes. Ya sea por causas de fuerza mayor o por casualidad (o por
retruécanos a lo Stephen Keller, que
también puede ser), Riley, nuestro
protagonista, asiste al momento en que sacan a una niña de una institución para
mandarla a vivir con una “dickensiana” señora de posibles, a la vez que un
infantil raterillo de dicho orfanato luchará como un toro y se escapará las
veces que haga falta para rescatar a su amiga. Mientras tanto, una misteriosa
muerte en una casa cerrada: otra señora de posibles aparece mordida por una
serpiente venenosa… pero de la serpiente ni rastro. ¿Y cual es el tercer lado
de este triángulo de misterios? Una guapa joven acude a la oficina del
detective y le contará que le han regalado una muñeca inquietantemente parecida
a una niña real, que la retrotrae a un rostro de su pasado. ¿Será aquella misma
niña del orfanato? ¿Y por qué de repente la muñeca comienza a aparecer rota o
herida por ciertas partes, como si alguien estuviera haciendo vudú con ella?
Mucha sugerencia, mucho pulso, mucho personaje decadente. Y también humor,
enigmas y atmósferas que basculan entre la mejor novela negra y el horror.
Quitando un final excesivamente precipitado (que teníamos aquí más páginas para
solventar la cosa mejor, leñes), un bolsilibrito lleno de pulso y encanto. Un
enigma de los de antes.
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